José, “no tengas miedo en llevarte a María, tu mujer”

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Evangelio del dia Portada feb 2017

Lunes 20 de Marzo

Solemnidad (Trasladada) de San José, esposo de la Virgen María

Primera lectura

2 Samuel 7,4-5a.12-14a.16
En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor:
– «Ve y dile a mi siervo David: “Esto dice el Señor: Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. El cons¬truirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.” ».
Palabra de Dios

Salmo

88,2-3.4-5.27.29

R. Su linaje será perpetuo
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» R.
Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
«Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades.» R.
El me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios,
mi Roca salvadora.»
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable. R.

Segunda lectura

Romanos 4,13.16-18
Hermanos:
No fue la observancia de la Ley, sino la justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su
descendencia la promesa de heredar el mundo.
Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia; así, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así, dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos.»
Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que, no existe, Abrahán
creyó.
Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia.»

Palabra de Dios

Evangelio

Mateo 1,16.18-21.24a
Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
– «José, hijo de David, no tengas miedo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.
Palabra del Señor

Reflexión

” «José, hijo de David, no tengas miedo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”

Nos lo acaba de recordar el Evangelio. El Ángel le había dicho a José: «No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer» (Mt 1,20); y es exactamente lo que realizó: «hizo lo que le había mandado el Ángel del Señor» (Mt 1,24). ¿Por qué motivo señala San Mateo la fidelidad a las palabras recibidas del mensajero de Dios, sino es para invitarnos a imitar esa fidelidad llena de amor? (…)
En la historia, José es el hombre que ha dado a Dios la mayor prueba de confianza, incluso ante un anuncio tan sorprendente.

Pero, ¿No pudo Dios tomarse la molestia de aclarar a José todas las pruebas en que metería a la Sagrada Familia? ¿Por qué Dios no habla en ese desierto de dudas y confusiones que pretende hundir todas las seguridades y esperanzas de José? Él era un hombre justo, que había dedicado a Dios lo mejor de su vida, que había obedecido a todo lo que el ángel le pedía, ¿no merecería, entonces, una respuesta de Dios, una palabra que lo aclarara todo? ¿Por qué Dios guarda silencio?

José vivió, junto con María y Jesús, el misterio del silencio de Dios. Algo que alguna vez también nosotros hemos experimentado. ¡Cuánto nos facilitaría la existencia que Dios nos revelara desde el principio los caminos que Él ha trazado para nosotros! Pensamos que si tan sólo pudiéramos saber el fin de tal prueba o dificultad, seríamos fieles a todo lo que Dios no pidiera y podríamos- ahora sí- dejar que él dispusiera de nuestra vida con mano libre.
Pero si profundizamos en esto, ¿no llegaremos a advertir de que es una plena falta de confianza en Dios? ¿Por qué esa mezquindad nuestra de querer siempre explicaciones pormenorizadas para cumplir esos designios de su amor inmenso? ¿Por qué nos es difícil abandonarnos en las manos de Dios que está más empeñado en nuestra felicidad que nosotros mismos?